Era un día soleado,
desde donde estaba se podían oír a las cigarras cantar. Me tumbé en una hoja y estiré mis diminutas patas, eché los brazos hacia atrás y me dejé mecer con el movimiento del agua. Un pájaro se
quedó mirándome; me asusté y caí al agua. Aproveché para nadar e ir a buscar
algún tesoro de esos que echaban los humanos al agua, no sé, quizá alguna cosa dorada
y redonda de esas “nomeda” creo que lo llaman, o “moneda”, algo así. Me sumergí
hasta el fondo y acaricié con mis patitas el barro. Se me escapó un suspiro y
tuve que volver arriba porque se me había acabado el aire. “Si yo fuera un
humano -pensé- me dejaría las quejas y aprovecharía un poco más la vida. Se
pasan el día renegando por lo que son y suspirando por lo que quieren ser”.
Nadé hasta la orilla y me quedé mirando a ver qué mosquito me parecía más
apetecible. “Les faltan sueños y les sobran pesadillas. Necesitan mirar el
cielo un poco más, fijarse en la belleza de lo que tienen alrededor; y no puede
haber nada más bello que observar las estrellas”. Ese era el momento, alargué
mi lengua y me cogí un sabroso mosquito, me lo tragué con gusto y me fui
saltando felizmente hacia mi prometida. La miré, me miró, y no pude sentirme más
gozoso por haber sido rana y no príncipe.
jueves, 12 de septiembre de 2013
domingo, 24 de marzo de 2013
La playa
Me desperté sobresaltada y empapada de sudor, aún era de
noche; pero no necesitaba dormir más; no podía continuar con esa angustia con
la que me había despertado. Me levanté con sumo cuidado de la cama y fui al
baño para mojarme la cara. Era un alivio notar la frescura del agua empapando
mi rostro, aliviando mi dolor. Volví a la habitación y me puse unos leggins,
una sudadera y unas zapatillas de deporte que llevaba en una bolsa. Me recogí
el pelo en una trenza al lado y salí del hotel a dar un paseo. Eran las 5 y
media de la mañana, y me había dormido a las 2… La conciencia me iba a matar,
necesitaba aliviarme.
Por el camino recordé
que había tenido la misma pesadilla que tenía cada vez que algo iba a salir
mal; eso me asustó. Miré a mi alrededor, pero estaba sola, nadie parecía seguirme
y no se escuchaba nada más que algún coche que pasaba de vez en cuando. Decidí
ponerme los cascos; la música siempre me ayudaba a tranquilizarme. Saqué mi
móvil –un Galaxy ACE- y me puse “La chica del Tirso” de Pereza, hacía juego
con mi estado de ánimo. Miré a mi alrededor; unos bonitos edificios ocupaban la
larga calle que se extendía a mis ojos; el cielo no podía estar más oscuro, y
las estrellas no se podían ver por culpa de las farolas. De momento me entraron
ganas de verlas. No. Ganas no. Necesitaba verlas. Empecé a correr por la larga
avenida en busca de la playa, desde allí podía oler el salitre del mar, no
podía estar muy lejos. Crucé por una travesía y me dejé guiar por mis instintos
en esa ciudad que no conocía de nada; en esa ciudad para la que yo no
significaba nada. Solo estaba allí por negocios, y ni se me había ocurrido echarles
un vistazo a los sitios a los que suelen ir los turistas. Me disculpé con la
ciudad mientras corría, había sido muy mezquina últimamente. Pasaron por mi
móvil varios títulos más, y mis pasos se iban acompasando al ritmo de las
canciones. Poco a poco llegué. Enfrente de mí había una gran avenida, con el
mar de fondo. Corrí hacia la orilla. Y me desplomé sobre la arena. Me quedé
observando las estrellas y una lágrima
se desembarazó de mis ojos, recorriendo la mejilla y aposentándose en la
comisura de mis labios. No lo pude evitar y empecé a sollozar, con fuerza. Purgando
de mi alma cada pecado. Cada hombre al que había tocado por dinero, cada beso que había dado imaginando que era
otro hombre, cada felación que había hecho
reprimiendo las arcadas. Puliendo las asperezas que se habían creado en mi
corazón cada vez que me había sentido ultrajada, vendida, menospreciada, y
bueno, como lo que era; como una puta. Una puta cara.
En mi habitación tenía tumbado en la cama a un hombre: pelo
ralo, barriga cervecera, vicios caros y anillo en el dedo. Y yo, tenía que
volver. Pensé en la pistola que siempre llevaba conmigo desde aquella vez en la
que un cliente me obligó a acostarme con él mientras me amenazaba con una. Lo
recuerdo todo como si hubiese sido ayer. Aún soñaba con eso. Me obligó a
acostarme con él, me robó, me pegó, y me dejó atada a la cama. Estuve 5 horas
desnuda y atada esperando a que alguien me encontrase. No sé por qué no me
mató, lo hubiese preferido.
Últimamente la idea del suicidio me sonaba muy apetecible,
simplemente con apretar el gatillo acabaría con todo. Pero no era capaz, y a la
vez me era imposible escaparme de este mundo de la prostitución que me había
apresado. Tenía que pensar en algo, pero no sabía en qué.
sábado, 2 de marzo de 2013
Ellas
El sonido que hacían las hojas al ser movidas por el aire me
embargaba. Un calor provocado por el alcohol subía desde mi estómago a mi
cabeza, haciéndome sentir más segura, más libre, más feliz.
Miré a mi alrededor y
vislumbré a mis compañeras de toda la vida, a mis amigas del alma.
Estaban bailando, se acompasaban unas con otras, y seguían esa melodía
inexistente que ellas habían inventado para ese momento. Sus voces desafinadas
la tatareaban e iban improvisando sobre la marcha. Frases sin sentido revoloteaban en el ambiente
y miradas ajenas se hacían partícipes de ese momento íntimo. Me senté a su lado
y les chillé entre risas que pararan, que la orquesta había terminado y que
teníamos que marcharnos a otro lugar. De momento, callaron y me miraron, todas
sabíamos lo que iba a pasar al día siguiente. Íbamos a desaparecer. Cada una
por el camino que había elegido, unas a la universidad, otras al extranjero y
otras se pondrían a trabajar. Quizá esta sería la última vez en la que nos veríamos
durante lo que se me antojaba mucho tiempo. Y el conocimiento de esas circunstancias
convertía ese momento en algo aún más especial. Me sentí nostálgica, quién iba
a asegurarme que este momento iba a repetirse algún día. “Nadie” me dije a mí
misma. Me levanté y me fui corriendo, mis amigas me miraron sin entender nada,
pero me siguieron. Esas eran mis chicas. Alguien en quien podía confiar,
alguien a quien podía querer sin sentir miedo a que me lo arrebataran. Llegué a
un paso de cebra y me detuve, me esperé a que me alcanzaran mis amigas. La
calle estaba llena de jóvenes y de policías. Había habido mucha fiesta durante ese
día. El sol llenaba todos los recodos de la calle, todas las sombras de los
árboles estaban ocupadas y la playa estaba llenísima. No pude evitarlo y me
sentí transportada en un deja vu al año anterior, el año en el que había
aprendido a amar y a dejar de amar. En ese mismo lugar estábamos tú y yo,
cogidos de la mano, pero discutiendo. Discutíamos porque lo nuestro ya estaba
en sus últimas, algo había cambiado dentro de mí, y ya no podía más. Buscaba escusas para ser insoportable, para
que te dieras cuenta de que yo no era para ti. Pero no funcionaba, y el brillo
de mis ojos ya había desaparecido. Qué lástima que a veces por no herir a los
demás acabemos haciéndonos daño a nosotros mismos. Algunos amores se acaban y
dan paso a otros, otros simplemente desaparecen para que te des cuenta de que
lo mejor es quererse a una misma. Un brazo me golpeó la espalda y me volví; eran mis amigas. Y en ese momento me maldecí por lo poco que las había
disfrutado durante el año anterior, cuando tenía novio, y me juré a mí misma
que eso no volvería a pasar nunca. Que sucediese lo que sucediese, ellas serían
mi prioridad.
sábado, 23 de febrero de 2013
Las siete menos cuarto
Estaba cansada. Dejó los tacones en la entrada y se deslizó hasta su habitación. Todavía estaban ahí las rosas que le habían llegado el día anterior con una nota en la que ponía "Un verdadero placer". Lo curioso es que no sabía de quién eran, quizá algún ligue, quizá algún acosador, qué importaba.
El aroma inundaba la habitación y la tranquilizaba. Le gustaban esas rosas de verdad y se prometió que a la mañana siguiente intentaría averiguar algo acerca del remitente. El reloj marcaba las seis de la madrugada. Se quitó las medias y las lanzó a la silla. Era su pequeño juego, si acertaba con más de una pieza de ropa mañana se daría un pequeño capricho, iría a dar una vuelta por el centro de la ciudad y se compraría un helado; ese de nueces de macadamia y vainilla que solo hacían en la calle de la Farola, o, si se sentía más atrevida, llamaría a algún número de la lista que utilizaba cuando se sentía falta de cariño. Todavía podía sentir el aliento en la nuca del último hombre que la había amado; si cerraba los ojos aún podía visualizar sus dos cuerpos uniéndose y su mano agarrando con fuerza su espalda, clavándole las uñas en su suave y sensible piel. Con fuerza, con cariño. Con el amor y la desesperación de dos personas que apenas se conocen y que necesitan la ilusión del amor durante unas horas. El éxtasis del sexo. Pero ahora no iba a sumergirse en esos recuerdos, los dejaría para otro momento en el que estuviera menos cansada. Ya se había quitado toda la ropa. Eran las seis y cuarto. Se tumbó desnuda encima del edredón y exhaló un suspiro. Había sido una noche fructífera, de solo recordarla se excitaba. Había matado a un hombre, y esa idea la hacía sentir poderosa. Le había bastado con una pequeña dosis de una droga que le habían proporcionado sus jefes, "Es importante que nadie sospeche que has sido tú", le habían dicho esa misma mañana, "Tienes que ser como un fantasma". Era la primera vez que mataba a un hombre, pero le había resultado sumamente fácil, cualquier chica con un poco de cerebro y una talla cien de sujetador hubiese sido capaz. El hombre al que había matado tendría una cincuentena de años y el pelo empezaba a escasearle, no era nada del otro mundo. Con una sonrisa y una mirada le había bastado para que el hombre la invitara a una copa y, una vez hecho esto, había echado la droga en su copa, intercambiándola después. A la próxima le gustaría que fuese un reto algo más difícil. Ya eran las 6 y media. Se estaba quedando dormida, el cuerpo le pesaba más de lo normal, y en ese momento se dio cuenta "No tiene que quedar ningún testigo", era lo último que le habían dicho sus jefes antes de salir por la puerta. Estaba claro, las rosas olían demasiado; estaban envenenadas. Intentó levantarse, pero el cuerpo no le respondía. Se quedó pensando qué habría hecho ese hombre para que también tuviera que morir ella, y exhaló su último suspiro. Eran las siete menos cuarto.
El aroma inundaba la habitación y la tranquilizaba. Le gustaban esas rosas de verdad y se prometió que a la mañana siguiente intentaría averiguar algo acerca del remitente. El reloj marcaba las seis de la madrugada. Se quitó las medias y las lanzó a la silla. Era su pequeño juego, si acertaba con más de una pieza de ropa mañana se daría un pequeño capricho, iría a dar una vuelta por el centro de la ciudad y se compraría un helado; ese de nueces de macadamia y vainilla que solo hacían en la calle de la Farola, o, si se sentía más atrevida, llamaría a algún número de la lista que utilizaba cuando se sentía falta de cariño. Todavía podía sentir el aliento en la nuca del último hombre que la había amado; si cerraba los ojos aún podía visualizar sus dos cuerpos uniéndose y su mano agarrando con fuerza su espalda, clavándole las uñas en su suave y sensible piel. Con fuerza, con cariño. Con el amor y la desesperación de dos personas que apenas se conocen y que necesitan la ilusión del amor durante unas horas. El éxtasis del sexo. Pero ahora no iba a sumergirse en esos recuerdos, los dejaría para otro momento en el que estuviera menos cansada. Ya se había quitado toda la ropa. Eran las seis y cuarto. Se tumbó desnuda encima del edredón y exhaló un suspiro. Había sido una noche fructífera, de solo recordarla se excitaba. Había matado a un hombre, y esa idea la hacía sentir poderosa. Le había bastado con una pequeña dosis de una droga que le habían proporcionado sus jefes, "Es importante que nadie sospeche que has sido tú", le habían dicho esa misma mañana, "Tienes que ser como un fantasma". Era la primera vez que mataba a un hombre, pero le había resultado sumamente fácil, cualquier chica con un poco de cerebro y una talla cien de sujetador hubiese sido capaz. El hombre al que había matado tendría una cincuentena de años y el pelo empezaba a escasearle, no era nada del otro mundo. Con una sonrisa y una mirada le había bastado para que el hombre la invitara a una copa y, una vez hecho esto, había echado la droga en su copa, intercambiándola después. A la próxima le gustaría que fuese un reto algo más difícil. Ya eran las 6 y media. Se estaba quedando dormida, el cuerpo le pesaba más de lo normal, y en ese momento se dio cuenta "No tiene que quedar ningún testigo", era lo último que le habían dicho sus jefes antes de salir por la puerta. Estaba claro, las rosas olían demasiado; estaban envenenadas. Intentó levantarse, pero el cuerpo no le respondía. Se quedó pensando qué habría hecho ese hombre para que también tuviera que morir ella, y exhaló su último suspiro. Eran las siete menos cuarto.
miércoles, 20 de febrero de 2013
The old story
Ese
suspiro que rellena los huecos de tu corazón. Esa sensación de que algo no va,
de que ese "algo" está roto y de que no se puede arreglar. Sea por la razón que sea: por falta
de ganas, por miedo a vivir o por egoísmo. Cada razón más triste que la otra, ¿qué se ha hecho de los amantes que luchaban por su amor? ¿se han quedado en la literatura y en la gran pantalla? Seguramente.
Es la historia de tu vida, un par de sueños rotos y una sonata fúnebre.
Pero no hay muerto alguno en el ataúd, la marcha fúnebre es por algo más importante que tu vida: la esperanza, los sueños y las ganas de vivir; y es que sin esto no somos nadie, somos solo un trozo de carne que puede moverse, un alma que no tiene fuerzas para expresarse, que reside prisionera de un cuerpo sin pasiones.
Y
el amor que, como dice el dicho, puede llegar a mover montañas, también puede
ser la pieza más débil de tu ser, como una rosa arrancada que se marchita si no la cuidas, si no la mimas.
Tienes que tratar tu corazón con delicadeza, sin dañarlo más, intentando rehacer con besos las partes rotas.
El problema de todo esto es que por mucho que intentemos cuidar nuestro corazón, son los demás los que deberían tener más respeto por él, aunque a muchos parece no importarles.
Y a pesar de que un corazón dañado se pueda curar con besos, no todos lo hacen, como tampoco pueden ser reparadas todas las partes rotas de un corazón.
Tienes que tratar tu corazón con delicadeza, sin dañarlo más, intentando rehacer con besos las partes rotas.
El problema de todo esto es que por mucho que intentemos cuidar nuestro corazón, son los demás los que deberían tener más respeto por él, aunque a muchos parece no importarles.
Y a pesar de que un corazón dañado se pueda curar con besos, no todos lo hacen, como tampoco pueden ser reparadas todas las partes rotas de un corazón.
sábado, 16 de febrero de 2013
Soy fan de ti
Tener una sonrisa bonita no consiste en que tus labios y tu
dentadura sean perfectos. Hay algo más dentro de esa concepción. Personalmente,
soy fan de ese brillo que captura a las
personas que son felices, de ese parpadeo despreocupado y esa mirada que dice
mucho más de lo que hablas, que insinúa, que cautiva, que enamora. Y puedo afirmar que no existen sonrisas
bonitas que vayan acompañadas por ojos tristes que no saben hacia donde mirar.
La tristeza y la felicidad son elementos claves para tener
una sonrisa perfecta, para que ese brillo pueda llegar a tus ojos.
¿Habéis intentado sonreír estando tristes? Es como respirar con la nariz tapada; sabes que lo estás haciendo como siempre pero que no sirve para nada. De poco sirve forzarte, de poco sirve crearte cánones de belleza, de poco sirve pintarrajearte toda. Si lo que quieres es tener una sonrisa “perfecta”, solo te hace falta saber que la verdadera perfección es que estés a gusto contigo misma, y esto no se puede ver, pero sí reflejarse. Y cuanto más feliz estés, más perfecta serás.
domingo, 10 de febrero de 2013
What a waste I could've been your lover
Es una hoja en blanco. Una hoja en blanco y todos mis sentimientos puestos en la yema de mis dedos. Que surja a borbotones lo que no digo con palabras, lo que, a veces, no me atrevo a pensar.
Y aquí, sentada en mi silla, en este momento en el que nadie ve mi debilidad, me atrevo a pensar en ti. En el miedo que me provocas, en las ganas de besarte que me niego a aceptar. En los los impulsos de reír, llorar, correr y escribir a los que me empujas ¿No os habéis sentido nunca como si no fuerais dueños de lo que sentís? Que un día teníais vuestra vida tranquila, y al siguiente, ya no sabéis nada. Solo que sientes. Que sientes algo. Algo que no deberías. La palabra prohibida; te sientes enamorada, lo que, la mayoría de veces, es sinónimo de perdida.
Pero la mente dice que es imposible, que mañana tus sentimientos habrán cambiado, y que si no lo han hecho, deberían.
En este mundo queremos a muy pocas personas, y aún quedan muchas menos si reducimos el filtro y no contamos a las que un día amabas con locura y que, cuando se cae el idílico velo del amor, aborreces. Y por eso, me pregunto ¿debemos dejar ir a ese alguien que nos hace sentir ese "algo", por miedo a que no salga bien? ¿Hasta qué punto debemos intentar enamorar a alguien?
Muchas preguntas sin respuesta de las que no espero obtener la solución, pero, al menos, una cosa tengo clara: es mejor que te enamoren a tener que enamorar.
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