domingo, 29 de diciembre de 2013
Los tres tipos de días que rigen nuestras vidas
viernes, 13 de diciembre de 2013
Lo que pasa después de una ruptura
Mi corazón lo deseaba con tal fuerza que ni el razonamiento más sensato de mi mente hubiera cambiado ese sentimiento.
El aire me azotaba sin ningún miramiento, obligando a mis ojos a que derramasen pequeñas lágrimas, pero a mí no me importaba. Lo único que quería era sentir algo que me hiciera olvidar la pena de mi corazón.
Las horas pasaban lentamente, haciendo que cada segundo significase una eternidad, que cada minuto fuera infinito.
No quería preguntarme cómo había llegado a esa situación, ya tenía suficiente con saber que había sido la causante. Solo quería saber cómo salir de ella, cómo explicarle a esa persona que lo necesitaba, que añoraba cómo me miraba de soslayo cuando yo estaba soñando con el paisaje, su mano cálida junto a la mía siempre fría, sus gritos raros que siempre me hacían reír, su voz preocupándose por mí, su brazo izquierdo por debajo de la almohada y su otro brazo acunándone. Sus besos infinitos que sabían a gloria, su puta obsesión por la cebolla.
La vida es impredecible, las situaciones pueden llegar a virar 180 grados de un momento para otro. Pero si dentro de tu corazón sabes que todo ha valido la pena... cualquier sufrimiento está justificado. Si es así, el dolor se hace más llevadero, no se marcha, pero adquiere un sentido.
Y en esta vida, un sentido es lo máximo que se le puede pedir al destino.
viernes, 4 de octubre de 2013
Pos' te borro del Feisbuk!
jueves, 12 de septiembre de 2013
¿Eres más feliz que una rana?
domingo, 24 de marzo de 2013
La playa
sábado, 2 de marzo de 2013
Ellas
sábado, 23 de febrero de 2013
Las siete menos cuarto
El aroma inundaba la habitación y la tranquilizaba. Le gustaban esas rosas de verdad y se prometió que a la mañana siguiente intentaría averiguar algo acerca del remitente. El reloj marcaba las seis de la madrugada. Se quitó las medias y las lanzó a la silla. Era su pequeño juego, si acertaba con más de una pieza de ropa mañana se daría un pequeño capricho, iría a dar una vuelta por el centro de la ciudad y se compraría un helado; ese de nueces de macadamia y vainilla que solo hacían en la calle de la Farola, o, si se sentía más atrevida, llamaría a algún número de la lista que utilizaba cuando se sentía falta de cariño. Todavía podía sentir el aliento en la nuca del último hombre que la había amado; si cerraba los ojos aún podía visualizar sus dos cuerpos uniéndose y su mano agarrando con fuerza su espalda, clavándole las uñas en su suave y sensible piel. Con fuerza, con cariño. Con el amor y la desesperación de dos personas que apenas se conocen y que necesitan la ilusión del amor durante unas horas. El éxtasis del sexo. Pero ahora no iba a sumergirse en esos recuerdos, los dejaría para otro momento en el que estuviera menos cansada. Ya se había quitado toda la ropa. Eran las seis y cuarto. Se tumbó desnuda encima del edredón y exhaló un suspiro. Había sido una noche fructífera, de solo recordarla se excitaba. Había matado a un hombre, y esa idea la hacía sentir poderosa. Le había bastado con una pequeña dosis de una droga que le habían proporcionado sus jefes, "Es importante que nadie sospeche que has sido tú", le habían dicho esa misma mañana, "Tienes que ser como un fantasma". Era la primera vez que mataba a un hombre, pero le había resultado sumamente fácil, cualquier chica con un poco de cerebro y una talla cien de sujetador hubiese sido capaz. El hombre al que había matado tendría una cincuentena de años y el pelo empezaba a escasearle, no era nada del otro mundo. Con una sonrisa y una mirada le había bastado para que el hombre la invitara a una copa y, una vez hecho esto, había echado la droga en su copa, intercambiándola después. A la próxima le gustaría que fuese un reto algo más difícil. Ya eran las 6 y media. Se estaba quedando dormida, el cuerpo le pesaba más de lo normal, y en ese momento se dio cuenta "No tiene que quedar ningún testigo", era lo último que le habían dicho sus jefes antes de salir por la puerta. Estaba claro, las rosas olían demasiado; estaban envenenadas. Intentó levantarse, pero el cuerpo no le respondía. Se quedó pensando qué habría hecho ese hombre para que también tuviera que morir ella, y exhaló su último suspiro. Eran las siete menos cuarto.