lunes, 12 de mayo de 2014
Memorias de una ameba
Busqué en mi memoria pequeños detalles que te hicieran débil, que me hablaran de tu imperfección. Que me hablaran de todo aquello que nunca quisiste decirme, de aquello que yo nunca supe ver.
Ahora que he recuperado mi voz y mis ganas; ahora que vuelvo a ser yo misma, espero que algún día durante tu vida, haya algo que te recuerde a mí y que te haga maldecir el día en que me dejaste escapar. Y créeme si te digo, que desde la distancia mi corazón lo sentirá.
viernes, 9 de mayo de 2014
24 minutos y medio
Fue un instante lo que tardé en fijarme en él. Era menudo y frágil. Atractivo y perturbador. Me quedé mirándolo. Él con sus rastas y yo con las uñas recién pintadas. Se dio cuenta y me devolvió la mirada. Fue uno de esos combates de los que sabes que no va a salir ningún ganador, pero que atraen tanto como asustan. Entonces una gota de lluvia me cayó en la mejilla, y después otra. Rápidamente una cortina de lluvia fue cayendo sobre la ciudad. Y allí estábamos nosotros. Dos desconocidos que no querían aceptar que no se verían nunca jamás.
martes, 1 de abril de 2014
La chispa del dolor
Un día me desperté y ya no estaba. No la busqué. Hice la cama con cariño, oliendo lo que quedaba de su perfume. A los dos días volvió, noté cómo su cuerpo volvía a reposar en esa cama que me parecía tan fría. Esa mañana no nos saludamos, nos bastó una mirada para saber lo que había pasado. Desayunamos tostadas y una taza de melancolía antes de despedirnos para siempre. Aquella vez fui yo el que se marchó, sentí en cada fibra de mi alma que debía hacerlo.
Los amores que queman enganchan, te enloquecen. Y solo los locos son felices con esa vida. Yo la quería, os lo juro, pero una noche en aquella cama vacía fue suficiente para entender que nunca podríamos llegar a ser sin doler.
jueves, 16 de enero de 2014
Las hazañas del amor perdido
domingo, 29 de diciembre de 2013
Los tres tipos de días que rigen nuestras vidas
viernes, 13 de diciembre de 2013
Lo que pasa después de una ruptura
Mi corazón lo deseaba con tal fuerza que ni el razonamiento más sensato de mi mente hubiera cambiado ese sentimiento.
El aire me azotaba sin ningún miramiento, obligando a mis ojos a que derramasen pequeñas lágrimas, pero a mí no me importaba. Lo único que quería era sentir algo que me hiciera olvidar la pena de mi corazón.
Las horas pasaban lentamente, haciendo que cada segundo significase una eternidad, que cada minuto fuera infinito.
No quería preguntarme cómo había llegado a esa situación, ya tenía suficiente con saber que había sido la causante. Solo quería saber cómo salir de ella, cómo explicarle a esa persona que lo necesitaba, que añoraba cómo me miraba de soslayo cuando yo estaba soñando con el paisaje, su mano cálida junto a la mía siempre fría, sus gritos raros que siempre me hacían reír, su voz preocupándose por mí, su brazo izquierdo por debajo de la almohada y su otro brazo acunándone. Sus besos infinitos que sabían a gloria, su puta obsesión por la cebolla.
La vida es impredecible, las situaciones pueden llegar a virar 180 grados de un momento para otro. Pero si dentro de tu corazón sabes que todo ha valido la pena... cualquier sufrimiento está justificado. Si es así, el dolor se hace más llevadero, no se marcha, pero adquiere un sentido.
Y en esta vida, un sentido es lo máximo que se le puede pedir al destino.

